Nacía con el atardecer.
Tenía miles de amigas. Eran resplandecientes, preciosas, y aunque estaban a mucha distancia, siempre la acompañaban. Algunas no eran lo que parecían. Otras se marchaban muy rápido.
Ella era realmente misteriosa. Desprendía una luz inconfundible. Muchas personas se pasaban horas contando sus pecas, pero pocos hombres pudieron llegar a alcanzarla. Algunos incluso decían que esos mentían, que nadie jamás la había conocido. Contaban que era preciosa y que cuando estabas con ella, tenías la sensación de flotar. Tenía la piel pálida y podía parecer frágil, pero tenía cicatrices propias de una guerrera.
A veces parecía tan nostálgica, que podía ver un vacío en su alma. Otras, sin embargo, estaba llena de vida y luz. Como suele pasar, el mundo solo veía una única faceta suya, la mas resplandeciente. La otra era todo misterio.
Le encantaba nadar, aunque su reflejo en el mar no era ni la mitad de hermoso que mirarla a ella.
Muchos músicos cantaban canciones sobre ella, pintores la retrataban de mil maneras, y poetas escribían odas a su nombre.
Moría con la salida del sol.
Luna era única.
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