No nos dimos cuenta de que ya no funcionaban las cintas de VHS, de que ya no echaban por televisión nuestras series favoritas y de que no nos entraba aquel gorro marinero que nos quedaba "tan mono".
Nuestros padres se quejaban más y sonreían menos, las blancas paredes de la casa del pueblo se agrietaban y el calendario avanzaba sin freno.
Sólo sabíamos que el café caliente sentaba bien cada mañana, que la clase de lengua era un caos y que las risas a la hora de la comida eran la mejor terapia. La música sonaba demasiado fuerte y las cámaras no tenían memoria para tantos recuerdos. Nos sentíamos solos y vacíos unas veces y otras increíblemente vivos. Nos decían que aún hacíamos muchos errores y que ya nos dolerían los pies de bailar.
Pero estos niños de los 90 no estaban cansados de existir.
Empieza septiembre, y todo son "vueltas", a las clases, a la rutina, al trabajo... así que yo empiezo una mini etapa abriendo este blog (que espero no abandonar).
El texto es el resultado nocturno de un día de demasiado café y las fotos de un día en el parque disfrutando como niñas.
¡Feliz septiembre!


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